Para aquel amigo que nos enseñó que la carretera también es un aula…
Hay personas que, sin quererlo, van trazando rutas en el alma de quienes tienen la fortuna de compartir el asiento de al lado. Estas líneas son para uno de esos personajes; para quien iba detrás del timón: el guía, el guardián que, desde la distancia, como un centinela estoico, cuidaba de todos mientras observaba y escuchaba a la juventud estudiantil en pleno fervor.
Quienes tuvimos el privilegio de estudiar en la Escuela de Ingeniería Geodésica de la Universidad del Zulia sabemos que nuestra verdadera aula no siempre tuvo pizarras ni pupitres. Nuestro salón de clases también fue una carretera infinita, muchas veces de tierra, polvo, lluvia y barro, que se extendía desde el campus universitario hasta los destinos más inhóspitos, bellos y surrealistas de Venezuela. Y aquella nave, a pesar de sus precarias condiciones, siempre llegaba a su destino gracias a la experiencia y la pericia del capitán de un solo apellido.

Hablamos de cientos de viajes y de miles de kilómetros recorridos. De esas salidas en la madrugada, cuando el sol apenas asomaba por el este, y ya nos anunciaba la jornada. Hablamos de los recurrentes viajes a las costas de Falcón, con el cuerpo impregnado de arena de los Médanos; de las eternas subidas y bajadas a los Andes, con el frío en los huesos; de aquellas travesías por las costas venezolanas, desde la Guajira, en el estado Zulia, hasta Güiria, en el estado Sucre; y todo aquello acompañado por la carga de los equipos, el peso del cansancio y el hambre.
También hablamos de los “incidentes” en los sitios más remotos, que con el tiempo se volvieron rutina y anécdota. Aun así, todas las misiones llegaron a buen destino. Pero, más allá de los incidentes, está lo que realmente construyó nuestra gratitud: sus horas interminables de trabajo. Horas de sol rabioso, de calor que pegaba en el parabrisas como una lámpara de Dios, de música a todo volumen, como una rocola infinita para mantener el ánimo y el ritmo. Y una vez alcanzado el destino, venía la recompensa: la bohemia. Porque el viaje nunca terminaba en el aula; terminaba en una parrillada improvisada, en un baile, en una fogata a orilla de playa, en una ronda donde él, con su vaso en la mano, nos regalaba una risa pícara y amable que retumbaba. Y cuando un cuatro aparecía, el capitán cantaba alegre al ritmo de la gaita.
Él capitán sacrificaba semanas enteras lejos de su casa y de su familia, durmiendo en posadas de mala muerte o en la misma cabina del vehículo, solo para que nosotros, los estudiantes, pudiéramos hacer prácticas de campo, medir la Tierra y trazar líneas imaginarias que algún día construirían el futuro de un país. Fue un trabajo noble, de hormiga; de esas piezas fundamentales que el sistema nunca pudo valorar del todo. Nunca pidió un premio ni un reconocimiento formal. Le bastaba con que, al final del día, de regreso, alguien le dijera: “Capitán, ¿paramos en el depósito y luego por unos patacones?”
Porque de eso se trata también esta historia: de paciencia. La paciencia infinita de un hombre corpulento, de manos grandes y corazón enorme, que aguantó nuestras fiestas y borracheras juveniles, nuestras discusiones interminables sobre geodesia, nuestras alegrías por exámenes aprobados y nuestras tristezas por noviazgos rotos. Él fue el confidente silencioso que escuchaba con el oído puesto en el espejo retrovisor. El hermano mayor que nos decía: “Tranquilos, muchachos, esto pasa”, cuando el camino se ponía feo. El guardaespaldas natural, cuya sola presencia, esa mole afable y siempre lista, nos hacía sentir seguros hasta en los lugares más remotos y hostiles. El “Han Solo” de la geodesia.
Fue, ante todo, un soldado leal y noble. Un soldado de la vida: siempre disponible, aunque fuera domingo, aunque lloviera, aunque la nave estuviera indispuesta, siempre listo, siempre con una palabra de aliento: “pa’lante”. Pero, sobre todo, sin ser profesor, fue un gran maestro de vida. Así fue desde sus inicios en la universidad hasta el día en que guardó el overol azul y colgó el llavero con el escudo de la Universidad. Su jubilación no fue un adiós: fue un “nos vemos en el camino”.
Hoy, quienes tuvimos la dicha de viajar a su lado, sabemos que él recorre otros rumbos, otros senderos por donde ve otros paisajes y escucha otras voces. Tal vez ya no maneja un bus de estudiantes, pero seguramente, en su nueva ruta, sigue despertando la misma simpatía y la misma confianza, sobre todo entre sus hijos y nietos. Porque hay legados que no se quedan en una institución: se quedan en el corazón de una generación.
Por todo eso, esta carta va para ti, compañero de tantos viajes y aventuras. Para ti, que fuiste mucho más que un capitán de un solo apellido: fuiste la brújula que nos guiaba en los caminos de nadie, el amigo que nos devolvía la fuerza cuando el polvo nos cegaba, el hermano de vida que nos enseñó que la geodesia no solo se mide con instrumentos, sino también con lealtad y kilómetros de amistad compartidos. De quienes una vez fuimos tus pasajeros y siempre seremos tus hermanos de ruta.



Don José Briceño (Capitán Boti), donde sea que estés y sean cuales sean los caminos que hoy transites, ninguna carretera será tan larga como la huella que dejaste en muchos de nosotros.
¡Gracias infinitas!
Hermógenes D. Suárez A.
Fotografías suministradas por el Laboratorio de Geodesia Física y Satelital Dr. Melvin Hoyer de la Escuela de Ingeniería Geodésica de la Universidad del Zulia



