20.11.1942 – 12.08.2026
“En aquella época, cuando no existía el video beam ni PowerPoint, los estudiantes quedábamos admirados de la perfecta forma de dibujar en la pizarra, una y otra vez, la esfera celeste con su correspondiente eclíptica, el ecuador celeste y la trayectoria aparente de alguna estrella, para que luego calculara la latitud por medio del método de alturas circunmeridianas en sus clases de Astronomía”, de esta forma reseñaba el Ing. José Napoleón Hernández, en su artículo “Recuerdos y anécdotas de los profesores de la Escuela de Ingeniería Geodésica de la Universidad del Zulia” (Geom@il No. 21), la pedagogía y destreza en el pizarrón de su profesor de Astronomía.
De la unión de Arístides Ocando, oriundo de Cabimas, y de Porcia Romero, nativa de Ceuta, nació en la petrolera ciudad de Cabimas, Mebys José Ocando Romero, el 20 de noviembre de 1942, siendo el segundo de siete hermanos. Estudió la primaria y el bachillerato en su ciudad natal: en el Colegio Rafael María Baralt, ubicado en el sector de Las 40, cursó la primaria, y en el liceo Hermágoras Chávez, el bachillerato.
Al igual que muchos jóvenes de la Costa Oriental del Lago que deseaban continuar estudios universitarios, debió inscribirse en Maracaibo, en la Universidad del Zulia, viajando casi a diario desde Cabimas para asistir a clases. La carrera seleccionada fue Ingeniería Geodésica, la cual culminó exitosamente en 1968. Ya antes de graduarse obtuvo el cargo de Preparador Académico de la asignatura Prácticas de Astronomía de Posición, área del conocimiento que se convirtió en su pasión y vocación profesional.
Mebys se enamoró de la astronomía, y la astronomía de él. Podía identificar fácilmente las constelaciones en el cielo y, para algunas de ellas, solía usar un nombre alterno producto de su inigualable humor.
Pero quienes tuvieron el privilegio de compartir con él las clases en un salón, reconocen que su verdadera cátedra se impartía bajo el manto estrellado, con el viento nocturno como único acompañante, en los techos de la Facultad de Ingeniería, en las playas de Adícora o de la Guajira. Allí, con la rigidez de los trípodes y el leve resplandor de las lámparas que nos ayudaban a anotar en la oscuridad, Mebys nos enseñaba el arte paciente de la observación astronómica. Aprendimos a utilizar y a escuchar con atención los rituales de la medición: el “preparado”, que iniciaba el conteo o indicaba la cercanía del astro; el “listo”, que confirmaba la espera; y el “tic” exacto, que marcaba el instante en que el cronómetro Ulysses Nardin detenía el tiempo para atrapar el paso de una estrella. Con los ojos acodados a los teodolitos Wild T2, instrumentos que nos permitían ver el tránsito de los astros, nos guiaba en la determinación de la latitud por el paso de las estrellas por el meridiano, en el cálculo meticuloso de la longitud por el método de Zinger, y en la búsqueda del norte verdadero mediante el azimut a la Estrella Polar. Mebys no solo nos enseñó a medir el cielo; nos enseñó a mirarlo con curiosidad y a respetar la paciencia de los ángulos.
Sus vastos conocimientos de la asignatura los plasmó en un libro titulado Astronomía Geodésica, el cual se convirtió en valioso auxiliar de varias generaciones de estudiantes que cursaron esa materia con él o con otros profesores.
Durante más de 25 años ejerció la docencia en LUZ, labor que complementó con actividades administrativas importantes, como la jefatura del Departamento de Geodesia Superior en varias oportunidades y el cargo de Director de la Escuela de Ingeniería Geodésica durante el período 1982-1984. En 1993 se acogió al beneficio de la jubilación. Algún tiempo después aceptó dictar durante algunos períodos las cátedras de Geometría y Cálculo en la Universidad Rafael Belloso Chacín (URBE).
Pero ¿cómo era Mebys?, ¿cuáles eran sus gustos y preferencias? Mebys era una persona muy inteligente, carismática, jovial y jocosa, con frecuentes ocurrencias y generalmente de buen humor. Sus alumnos lo recuerdan, además de por su excelente pedagogía y perfectos trazos en el pizarrón, por su impecable presencia y gusto en el vestir, siempre bien combinado y perfumado.
Si algún calificativo lo describe a la perfección, es “melómano”: amante de la música, solía destacar en las reuniones y veladas sociales con su agradable voz al cantar boleros y tangos. Su cantante preferido era el tanguero argentino Rafael Deyón, cuyos discos reproducía con frecuencia en su estudio, donde solía recibir a sus compañeros y amigos. También era amante de la gaita zuliana, lo cual, puede decirse, era una herencia familiar.
Aunque al final de su existencia limitó mucho su vida social, en su época de profesor activo promovió muchas reuniones sociales y familiares, en las cuales disfrutaba de un buen trago acompañado de música y cantos, compartiendo sanamente agradables momentos.
En lo personal, conocí a Mebys cuando yo era estudiante de Geodesia y él era profesor de Astronomía. Coincidimos en la asignatura, yo como preparador y él como profesor. Cuando ingresé como docente, me invitó a compartir su oficina, ubicada frente a la Biblioteca General de la facultad, y durante muchos años, hasta su jubilación, fuimos compañeros de oficina, lo cual me permitió conocerlo bien e intercambiar variadas opiniones sobre diferentes aspectos personales y profesionales. Lo seleccioné como testigo de mi matrimonio civil. Compartimos muchas noches de prácticas en diferentes lugares con los correspondientes viajes, y también muchas veladas que se extendían entre chistes y cantos. Disfruté mucho su amistad y su compañía, al igual que lo hicieron muchos de sus alumnos y compañeros profesores del departamento y de la escuela. Era un buen amigo de sus amigos. No me cabe ninguna duda de que Mebys disfrutó su vida y la vivió con intensidad, tanto en lo familiar como en lo profesional.
Una penosa enfermedad lo aquejó durante sus últimos años. Elba, su compañera de vida, partió de este mundo dos años antes. Finalmente, el 12 de agosto de 2026, Mebys viajó a tocar las estrellas con sus manos y a cantar un bolero con los ángeles.
Su recuerdo permanecerá intacto en los alumnos que tuvieron el privilegio de escuchar sus clases y enseñanzas, y en sus compañeros y colegas de la facultad que disfrutamos de su amistad, de sus ocurrencias y de sus canciones. Nos deja la certeza de que, dondequiera que esté, seguirá trazando esferas celestes en el firmamento y nombrando cada constelación con una sonrisa.
Descansa en paz, querido Mebys.






