“No es posible detener el tiempo, lo posible es no perderlo”
“Lo que de raíz se aprende, nunca del todo se olvida”.
El próximo 25 de Octubre se cumplen 110 años del natalicio del Profesor Ángel José Guarnieri de Nicola, mejor conocido como el ‘viejito Guarnieri’, hecho ocurrido en la población de Zarate, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en el año 1915; quien desde su llegada a Venezuela en diciembre de 1960, se dedicó a impartir conocimiento e irradiar sabiduría dentro de su entorno académico, y en particular a quienes tuvimos el honor de conocerlo de cerca en las aulas de clase, específicamente, en la Escuela de Ingeniería Geodésica de la Facultad de Ingeniería de La Universidad del Zulia (LUZ).
Como un homenaje a tan ilustre personaje, un ser humano extraordinario con una mente brillante, quien, durante su paso por la vida sembró conocimiento sin mezquindad, y ayudó desinteresadamente al prójimo, me permito reproducir un artículo publicado en 1987 en el Diario Panorama de Maracaibo, Venezuela, por el Profesor Macías Martínez, haciendole los ajustes necesarios en los tiempos verbales para darle un mejor contexto a la narrativa, sin alterar el mensaje original.
“…Me voy a permitir el abuso de presentarles a una personalidad, que llegó a nuestra ciudad (de Maracaibo, Venezuela) cuando apenas comenzaba entre la comunidad universitaria el uso de las computadoras: el Profesor Ángel Guarnieri, o como le decían los muchachos cuando él no estaba presente: “El viejito Guarnieri”.
En realidad, vino de otro mundo, de Argentina, en una época en que Venezuela atraía a muchos… la mayoría buscando un asidero económico.
Aún hoy día en la Universidad, se narran sus historias y sus cuentos matizados de ciencia, de números, de amor y, sobre todo, de respeto. Así era la admiración con que los muchachos (estudiantes) se manifestaban, cuando sentían hacia el profesor esa mezcla de amor y credibilidad, que algunas veces se convertía en la única razón remanente para seguirle llamando ‘profesor’…
En Venezuela se solía (y aún se suele) confundir al argentino con el “porteño”, por la forma de comportarse y que los diferenciaba del hombre de la provincia sureña. En realidad, quien viviera fuera de Buenos Aires, era como cualquiera de nosotros en la provincia venezolana. Se dice que la única forma de callar a un porteño es enfrentándolo a un moscovita, porque los nacidos en Moscú también se sienten dueños del mundo.
¡Ah! pero tuvimos suerte al permitirnos el lujo de tener entre nosotros al “Viejito Guarnieri”. Si sus compatriotas hubieran sabido lo que dejaron escapar.
A costa de entrar y salir -cientos de veces- del sitio donde estaba instalado el computador (en el Instituto de Cálculo Aplicado, ICA), se fue ganando la confianza de todos los que aspiraban a manejar el mismo lenguaje. Creo que resultaría tarea ardua decir cuantas tesis de grado dirigió y a cuantos estudiantes les ha dio su soporte.
Era la época en que todavía se utilizaba el P.D.Q., un lenguaje de máquina que muy pocos de los que actualmente usan el computador han conocido. En aquellos días, la IBM-360, con 64K de memoria, se consideraba algo extraordinario. Ahora cualquier muchacho de bachillerato se da el lujo de tener -en su casa- algo (muy) superior.
El Profesor Guarnieri se interesó por escribir canciones para ser tocadas en el computador. Era una instrumentación muy diferente a lo que estábamos acostumbrados. No había violines, ni cuatro, ni nada de eso. Se perforaban cientos de tarjetas, con un programa debidamente escrito y se introducía el tarjetero en la lectora y la máquina empezaba su instrumental. Algunas veces una nota resultaba muy larga y, lógicamente, desentonaba en el oído del auditorio, comúnmente integrado por estudiantes y estudiosos de la computación.
¡No puede ser! ¿Como me ocurre eso a mí? El profesor no admitía los pequeños errores. Ni el despilfarro económico. Era la única persona que utilizaba el papel (de impresora) por la parte posterior. Se tomaba el trabajo de sacarlo, doblarlo al contrario y volverlo a poner en la impresora. Era la época de gran bonanza.
Al mismo tiempo, los muchachos mostraban en sus caras el impacto que producía su exclamación, porque ellos aspiraban a recibir alguna alícuota de esa capacidad. Y fueron apareciendo los frutos. Algunos muy buenos, inteligentes, capaces. Y se fue dispersando ese conocimiento que (por lo general) tiende a garantizar el desarrollo de los pueblos.
Cuando los “carricitos” interrumpían una clase, para vender café, cigarrillos o cualquier otra cosa, había que mirar a los lados para pronunciar un extravagante: ¡No! o ¡Sálgase de aquí, no interrumpa la clase!, porque si Guarnieri estaba cerca, uno se podía ganar un bastonazo. Él nunca permitió que se despreciara a un niño.
¡No ve que es un niño … un niño!, decía, subiendo la voz.
A él no le molestaban las caras sucias, ni sus harapos; por eso muchos niños de los barrios marabinos recibieron el amor que les faltaba, siguiendo al profesor.
Llegaba a la Facultad, cuando los demás se iban, y se retiraba al comenzar el horario normal de actividades. Así tenía la máquina para él solo con Ios muchachos que le acompañaban. Toda la comunidad estudiantil se fue acostumbrando a su horario de trabajo.
Hubo pocos profesores (en la Facultad de Ingeniería) a quienes se les guardaba ese grado de admiración y respeto. Los ingenieros egresados (de LUZ) lo recordamos como uno de los forjadores de la cibernética dentro del medio académico zuliano, (caminando) apoyando sus pasos sobre el bastón y seguidos de muchos que buscaban su soporte: los más adultos, con la computación, y los niños del barrio, que requerían de amor… y de alimentos.”
Artículo original de Profesor Macías Martínez, publicado en el Diario Panorama de Maracaibo, Venezuela, el 21 de Septiembre de 1987 (equinoccio de otoño) bajo el título “Se llama Ángel Guarnieri”, y modificado por Alexander R. Gonzalez el 05 de Octubre de 2025, con motivo del 110 aniversario de su natalicio.
Créditos: C.A. Diario Panorama, Prof. Macías Martínez
Ing. Alexander R. Gonzalez
Vicepresidente de SIGGMA
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